Cuvinte
El tren
Scris de Nica ValeriuScris de Nica Valeriu, tatăl lui El Rumañol
En el Gran Desierto, las piedras de frontera son muy escasas, cubiertas de inscripciones desconocidas y, a causa de que la frontera, toda ella, ha sido hace mucho tiempo cubierta de arenas, ellas ya no tenían ninguna utilidad, nada marcaban, existían y eran grandes, nada más. Vestigios de una civilización antigua, estas piedras, en tiempos olvidados, de acuerdo con las viejas leyendas, señalaban fronteras entre los Países de Arriba y los Países de Abajo. Ahora aparecían y desaparecían según las desconocidas leyes del viento y de la arena, del azar, porque solo el azar tiene el natural derecho de dar oportunidades a la especie humana.
Pero por supuesto, en un desierto como este donde la mirada se pierde errante hasta el horizonte, buscando la salvación... y encontrando solamente dunas de arena, es asombrosamente plácido descansar los ojos sobre una de estas piedras fronterizas, única en el entero y redondo horizonte, la única forma que atraviesa desafiante la arena y en una indolencia de esfinge, liderando el centro del mundo visible. Después puedes dirigir por fin tus pasos hacia ella, hacia una meta, que desde ahora puede representar todo, puede representar la salvación, ¿porque quién sabe?
Agotados del largo extravío por el desierto, aturdidamente sedientos, los tres pararon al lado de una piedra fronteriza. Hacía ya tres días que estaban perdidos en el Gran Desierto, buscando la salvación, buscando el tren que les iba a sacar de allí. Malheim Iafet, más resistente, escaló con gran esfuerzo la roca roída por los vientos que apuntaba encima de sus cabezas. Llegando arriba, alzado y cansado, con sus andrajos agitados por el viento sobre el inmenso fondo del cielo azul, parecía una ofrenda destinada a un dios tremendo, gobernándolo a través de su destino.
Los otros dos, Sem y Cam como en otros momentos de descanso, miraban tumbados boca arriba, el cielo azul tan puro, tanto que no podían separar su inmensa superficie de su altura alucinante. Eran tan grandiosas y abrumadoras estas dos dimensiones, de manera que, la impotencia del ojo de separarlas, y encontrar un punto fijo, material, en ese éter… y la frecuencia extremadamente rápida de esa búsqueda hacía que en sus conciencias se entreviese la inmensidad única, luminosa. La paz y la tranquilidad que se sienten entonces animan cualquier camino difícil. Los tres utilizaban este único tonificante en su agotador camino a través del Gran Desierto. Pero ahora, cuando Maheim, su compañero subido en el mojón, estaba incluido en esa inmensidad azul, en ese cielo luminoso e único, notaban hipnotizados por la sensación estética añadida, que era un símbolo del acercamiento a la meta.
Y verdaderamente, de vuelta de una minuciosa búsqueda en el horizonte, la cara cansada de Iafet se iluminó por sorpresa y todo su ser explotó en un entusiasmo delirante:
-¡Cam, Sem, un tren, un tren!¡Por fin viene un tren, lo veo, esta aquí, preparaos!¡Más rápido, más rápido, ya lo oigo, Cam, ya noto cómo tiembla la tierra y oigo su bufido!¡En unas cuantas horas estaremos en casa, hermanos! ¡Nos hemos librado, hermanos, nos vamos a casa!
Desde las primeras palabras que produjeron una intensa agitación a la que se habían desacostumbrado, a Cam y Sem se les sobrecogió el corazón, y mientras miraban desconfiados al horizonte, les entristecía pensar que su misterioso y muy querido compañero de viaje, deliraba. Misterioso, porque se les había unido tranquilo, viniendo por la izquierda, en aquella noche alucinantemente caliente, por cuanto Iafet parecía su cumbre.
Malheim Iafet, intelectual por educación y composición genética, después del choque sufrido a causa de la muerte de su esposa e hijo, se convirtió en un ser confuso para la mayoría de sus conocidos. Componía siempre, a través de sus frases sombrías, el mismo seísmo interior: el descubrimiento de la muerte. Desde entonces, este enemigo invencible, conquistó año tras año, nuevos y nuevos territorios dentro de él. La única actitud digna, ante el terror que resultaba de la imposibilidad de poder suprimir la muerte, le pareció que era la eliminación de la vida. Ante sus amigos, aconsejaba con voz convincente, la provocación voluntaria de la muerte, el suicidio. Quería evitar así la sumisión humilde, impuesta por su acción natural, pero imperativa, que hace de cada uno de nosotros en esta inmensa prisión, un condenado a la muerte. Había intentado suicidarse varias veces, había querido ver en estas acciones una alta dignidad humana, pero con cada fracaso, se sentía más culpable de no haber llevado a cabo este credo filosófico. Su sentimiento de culpabilidad, había hecho crecer considerablemente las oportunidades de un suicidio real, pero el tiempo destinado a los extravíos filosóficos había sido consumido. Empezó otro a través del descubrimiento del juego. El juego de la actuación absurdo, que sorprendía y despertaba en las zonas de inquietud a su alrededor, alegría y sonrisas, un vago apego correspondiente al grado de saturación de cada uno, con el comportamiento mecánico de cada día. Era un maestro del sabroso juego de las palabras, tan querido por aquellos en las que, a veces, la palabra perdía su necesidad práctica, inmediata. También funcionaba en el capítulo separado del juego de ideas, en el juego con los abalorios de cristal, pero aquí, algunos participantes constituían también el único auditorio receptivo, en una superficie extensa incluyendo algunas ciudades.
Ahora, la llegada de un tren habría sido una verdadera felicidad, un cambio tan radical de la situación, que por pasividad, por la costumbre del barro calientito, la miraban con un poco de temor y desconfianza. Por instinto de conservación, los cansados, mantienen con una cobardía deslumbrante, la oposición a una felicidad brusca y extenuante. Situados al lado de la piedra fronteriza, sentían que habían llegado al final de su travesía, porque los trenes venían y se iban siempre, en todas las direcciones, porque se sabía que los bordes del Gran Desierto estaban esparcidos de líneas de tren, por lo que no se sabía dónde estaban estos bordes. Más allá estaban las ciudades, la civilización, los bares, los cines, el dinero, los amigos y las mujeres hermosas. Allí la materia brillaba en sus formas excitantes, maleadoras. Allí estaba el éxito, los aplausos y el reconocimiento de los de alrededor, la vida tranquilla, y las siestas alargadas. Querían llegar allí, vivir como estaban acostumbrados... ¡qué vivan, qué vivan!
El tren que había visto Iafet, empezó a tomar forma en su imaginación. Mientras Iafet resbalaba de la piedra fronteriza, su cabeza se llenaba de pensamientos radiantes, y una felicidad impetuosa le reventaba el pecho. Pero, al llegar abajo, se quedó de piedra... ¡El tren había desaparecido! ¡El tren ya no estaba allí! Del horizonte, nada salvaba su mirada que buscaba febrilmente aquella esperanza prevista. Se giró despacio, traspuesto, y vio cómo, a su alrededor, sólo el horizonte redondo apenas temblaba calladamente. El mismo silencio profundo anterior al grito de un búho, mantenía bajo presión el aire endurecido de la arena fina... que flotaba al gusto del viento, amortiguando cualquier movimiento. El tren había desaparecido. Se quedó mirando al vacío, con su ser temblando por esta nueva impotencia. Observando su desorientación, Sem se subió también en la piedra fronteriza. Se cubrió del sol con la mano y miró... ¡efectivamente! Iafet no se había equivocado, se veía un tren, incluso se oía.
- ¡OH!¡ Señor!-dijo él- que cerquita está... esto significa que...
- ¡Extraordinario! ¡Extraordinario!
Después grito:
- ¡Mira Cam ahí, mira hombre, mira y daos prisa para no perderlo, Cam!
Sem, a continuación, gesticulaba alertado, temblando y apenas sosteniéndose para no caer de la piedra.
Tenía un comportamiento extraño, era un hombre extremo... generalmente tenía una calma inusual, estática, se quedaba a veces inmóvil, mirando fijamente horas enteras, soñando con los ojos abiertos... a pesar de que cualquier movimiento lo hacía temblando un poco, algunas veces desequilibrándose, a causa de una enfermedad de su juventud. Escribía mucho, era uno de los escritores mas conocidos del lado del Gran Desierto. Pero cuando tenía que escribir la letra “r” minúscula, se irritaba, los labios y la mano le empezaba a temblar...a veces interrumpía lo que escrito y salía fuera de la casa donde respiraba profundamente varias veces hasta que regresaba la calma... la letra “r” minúscula le irritaba, tenia demasiados giros para él, imagináoslo: empezaba de abajo, después sube un poquito hacía la derecha, luego haciendo un círculo, (¿por qué, por qué este circulo?), continuaba en horizontal, para volver al camino bruscamente, bajando un poquito hacia la izquierda, para después subir a la derecha... Era un trayecto sin lógica, algo aquí no era correcto, no era claro, no era normal... sus dedos no podían seguir un trayecto tan loco. Paraba de escribir la letra “r”, rompía la hoja, la arrugaba y la tiraba lejos, con asco y temblando. Incluso la pronunciación de tal letra era algo irritante, era... un gruñido largo como si arañarás de arriba abajo un espejo con la uña del dedo índice
... ¡Hrrrrrrrrr!
Luego se compro una maquina de escribir... pero era casi lo mismo... su dedo se paraba siempre en la letra “r”, luego la golpeaba rápido, con asco, como obligado a aplastar una lombriz húmeda. Su esposa había aceptado casarse con él, pensando que con tal hombre tendría las manos libres, pero una parte de las rarezas de su marido, cayo sobre ella también y los hombres la marginaban, encontrándola rara. Vivian en una de las ciudades tranquilas del borde del Gran Desierto, de donde, tras una discusión fuerte con su esposa, Sem se fue a dar un paseo por el desierto, el lugar donde su deseo de soledad tenía siempre, el único compañero adecuado. Se extravió en aquella maldita noche negra, algo agobiante e inexplicable para un conocedor del Gran Desierto. Ahora las cosas se precipitaban:
-¡Daos prisa, rápido! Dijo Sem saltando del mojón.
-¡Hyy, Cam, es extraño, es increíble, parece mentira, claro, pero Iafet tenia razón, el tren está aquí, viene, viene! Míralo!
Había estirado contento y enérgico la mano en dirección hacia el tren, pero se le quedó desorientada, como una excrescencia inútilmente extendida hacia el horizonte vacío... porque el tren ya no estaba allí. ” ¡Puede que nunca estuviera allí!”- pensó rápido, amortiguándose entre los dientes el temblor, sintiendo furioso como los demás notaban esta nueva crisis de su enfermedad. Iafet, quien ya había pasado por la triste decepción, le miraba con una sonrisa como la de dar ánimos a un niño simpático. Y Sem, enfermo, desconsiderado, sintió un ansia insaciable de hundirle su cabeza en la arena y apuñalarle. Intentó acercarse desordenado al cuello de Iafet, del cual, la vena larga y hermosa, se le antojaba turbia. Ante su temblor inmoderado, los ojos negros de Iafet mantenían, poderosa y continuamente, la misma mirada de luto. Se desafiaron dos segundas, y después, como si nada hubiera pasado, Jafet y Sem, unidos bruscamente por el mismo pensamiento, se acercaron a Cam y le subieron forzadamente al mojón. Allí arriba, la cólera de Cam se transformó rápidamente en una sonrisa de una bondad infantil. No muy lejos... desde el sol poniente... se acercaba despacito, ¡un tren! ¡Podía jurar que no era una ilusión, que los vapores blancos salían en cadencia de sus lados, y encima de la locomotora el humo negro se alzaba gozoso... y el tren avanzaba lento, imponente, brillante! “¡OH!... ¡está aquí, ciertamente está aquí!... ¡No me lo había creído! ¡Señor mío!¡OH Señor mío! ¡Miradlo, hombres! ¡Venid los que no os lo creéis, pegaos a él, tocad sus líneas, abrazadlo, convenceos de que existe! ¡Que existe! ¡QUE EXISTE! ¡Mi tren... OH amado mío! ” Y Cam lloraba por su tren, con una emoción que lo extenuaba, olvidando respirar, olvidando que existe, pues ahora solo existía el tren, el tren, el tren. Y el tren avanzaba lento, imponente, brillante.
No había llorado desde su niñez. Cam había sido un niño precoz, un niño milagro. Había entendido pronto, que en el gran juego social, el respeto y los privilegios son ofrecidos a través de una práctica milenaria y sin posibilidades de discernimiento, tanto a aquellos, que a través de su autoridad y disimulo afirman su posición jerárquica, como a aquellos que se la ganan a través del trabajo y los méritos. Incluso un dictador pequeño, es más respetado que mucha gente justa y trabajadora... pues apartó con el tiempo la libre apreciación de los demás, conservándole el servilismo, autoritario y distante. Había llegado a ser, de una habilidad sorprendente en disimular cualquier decisión y acción concreta... situaciones que, de todos modos, no habría podido resolver. Su éxito, ya Cam era un orador, el predicador de una secta iniciada por él, tenía explicaciones bastante sencillas. Las pausas largas de los sermones, acompañadas de una mímica grave, con los ojos grandes, expresivos y un lento meneo del busto, mareaban e hipnotizaban, dominaban y convencían más que las mismas palabras, cuyo flujo convincentemente sustituía el contenido. A veces, paseándose por la escena, daba dos o tres pasos, con la mano en el bolsillo del traje, sonriendo de lado al auditorio. De este modo, el valor escondido detrás de las apariencias es tan obvio, que puede no existir ante tal éxito. Pero los éxitos falsos, inician y mantienen, la debilidad del carácter, el cual amenaza permanente y calladamente las apariencias, como ahora... pues miradlo llorando tras su gloria pasada, tras los aplausos del público, esperanzado por ver su retorno a la ciudad, esperando que el tren parase... “¡mi querido tren!” ¡Y el tren avanzaba lento, imponente, brillante!
A sus pies, riéndose, Iafet y Sem esperaban que Cam bajara. Con una reverencia de burla, le indicaba el lugar terrestre donde tenía que bajar. Ahora, apenas ahora, Cam había entendido y echando una mirada de maldición al tren, saltó del mojón enfurecido y dando un grito, se preparó para la lucha con la piedra. Los otros dos, reconociendo por instinto la gran importancia de esta lucha, dieron dos pasos hacia atrás, apretando despacio los puños, uniendo sus almas con la de Cam, dándole ánimos:
-¡Venga, venga, ánimo! ¡Cam, no te dejes, dale! ¡Vé por ella!
Ahora el viento se paró, incluso pareció que el sol, giraba sus nubes mirándolos. Un espacio ardiente, lleno de odio y violencia, esta creándose alrededor de la piedra. El odio, como siempre, lleno de errores... Cam se acercó irritado a la piedra y mantenido por las miradas ardientes de los demás y por los rayos del sol que le empujaba por atrás, le pegó fuerte con el pie, retirándose rápido, esperando después, con miedo, la reacción del mojón... Obtuvo un sonido lleno y una réplica encerrada en sus propias superficies duras. Observando que nada le pasaba, se acercó de nuevo a ella, a hurtadillas, y le pegó otra vez con sed de ira, patadas y puñetazos como un boxeador en ataque. La piedra se quedó allí, lejos, inmóvil en su indiferencia milenaria. Una vez y otra le pego con las manos ensangrentadas. La piedra se quedo pasiva, indesprendible del complot callado de la materia. Continúo pegándole un rato, manchando más aún la piedra con sus manos ya ensangrentadas, hasta que paró resoplando, mareándose. Sem y Iafet, lo aguantaban cada uno por un lado para que no se cayera. Despacito, tranquilizándose poco a poco, los hombres se vieron abatidos. Sintieron cómo la pasividad de la piedra, se transformaba en una terrible ironía, más aún cuando, con la razón perturbada, no se habían propuesto ninguna finalidad. Una esfinge no mira a la cara de los de alrededor porque el misterio nunca lo entiendes al encontrarlo. El ataque había sido demasiado directo, y peor todavía, en la zona provisoria de la existencia, donde no hay vencedores, donde la acción tiene siempre reacción... donde, la materia gana por no salir fuera de sus leyes. De repente, la piedra había comenzado a hundirse lentamente, cubierta de la arena traída por el viento, escondiendo las manchas de sangre de Cam, llevando este nuevo trofeo en el interior de su misterio, añadiéndolo probablemente a otros muchos, desconocidos. El tren por supuesto había desparecido. Los tres se quedaron rígidos un instante, como tres figuras que aceptaban por lo menos los contornos de unas estatuas de piedra, sin encontrar momentáneamente una utilización adecuada para sus cuerpos, escondiendo el uno del otro la distancia corta y turbia de sus miradas. Puede que así fueran los primeros hombres que tenían que conquistar un mundo y puede que así sea el hombre siempre, antes de cada conquista: recogiéndose, alzado y cansado, entre una ilusión perdida y la verdadera acción humana. Iafet, callado, empezó a pensar en otra estrategia de lucha, en la cual las fuerzas interiores, la paz, el amor, edificadas lenta y constantemente, ocupasen un lugar importante, donde poderosos y sonrientes podrían vencer... Pero, como de costumbre en estos momentos, los cambios en la realidad inmediata, la noche que se acercaba, dificultaron una conclusión definitiva.
Pasado un tiempo, probablemente ocurriera algo, pues de lejos, Sem, Cam y Iafet, podían ser vistos otra vez móviles, agachándose, levantándose, tendiendo las mantas en la arena, moviendo lentamente y en distancias cortas sus siluetas frágiles. Se preparaban por supuesto para la noche que estaba a punto de caer.
Absorbido por la aparición del otro hemisferio, el sol se ponía en éste nuevo levante, como en cada instante de su imparcial camino. El día, como un abalorio ya contado, acababa redondo en otra madrugada. Tarde, la Luna apareció resbalando en matices apagados, envuelta de nubes, como un misterio a su esencia. Como para cada resurrección, preparándose, el planeta dejó sitio a la oscuridad, acabando así uno de los cientos de brillos de su órbita. Percibido entonces, el universo volteaba caótico su grandeza calmada, disminuyendo al ojo las distancias estelares, gracias a la misma enorme lejanía. En el espacio, los astros abrían cavidades oscuras, sin fin, que atraían y atemorizaban la temeridad a través de un regreso imposible. Ante ésta grandeza, existía la soledad, el miedo por no saber, o el reconocimiento de ésta inmensa, acogedora, única casa de la vida.
Bajo sus mantas, los tres inmortales dormían tranquilos, con las manos dispersadas en la arena, sumergidos como en un refugio inconfesado. Soñaban profundo y pálido, como debajo de ruinas antiguas, soñaban el mismo sueño, profundo y pálido, como el del ultimo muerto de una cabina espacial.
De repente, de los rincones desconocidos del universo, fronterizos con otros universos, un susurro lejano se acerco a una velocidad nunca vista… pero aumentándose y cogiendo poder, llenó todo el espacio. Sorprendidos por la desconocida luz, los planetas, uno tras otro cedían despacito… reducir la velocidad y parándose en la orbita. ¡Tembló la Tierra, también! En un relámpago sin fin, las estrellas se pararon, el universo se quedó suspenso. En todo su esplendor, venía el tren.
Text de Nica Valeriu · publicat pe elrumanol.com
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